Por Matías Declemente (Dirigente del PJ de Córdoba)
Durante estos años, los festivales
populares fueron mirados con desconfianza por parte de sectores que los
reducían a un gasto superfluo o a una expresión cultural sin impacto real.
Incluso desde el Estado nacional, en distintos momentos, predominó una mirada
que no los consideraba una prioridad ni una herramienta válida de desarrollo.
Con el tiempo, esa visión comenzó a
revisarse. Y cuando se cambia de opinión para comprender mejor la realidad, no
pierde nadie: ganamos todos. La cultura, cuando es acompañada, genera trabajo,
movimiento económico y sentido de pertenencia en cada comunidad; economía
naranja.
Un ejemplo concreto de ese cambio es
el acompañamiento del presidente Javier Milei a uno de los festivales más
convocantes del país, como es el de Jesús María, en la provincia de Córdoba. Un
evento que expresa en su máxima dimensión lo que hoy se conoce como economía
naranja: cultura que produce, que genera empleo, turismo y desarrollo local.
Ese giro en la mirada sobre los
festivales permite abrir una reflexión más amplia. Porque, así como la cultura
fue durante mucho tiempo desestimada y hoy empieza a ser reconocida como parte
de la economía real, algo similar ocurre con la obra pública.
Resulta difícil no advertir la
contradicción: para llegar a Jesús María, el Presidente transitó una ruta
nacional que fue realizada con fondos provinciales. Una obra concreta, en el
interior del interior, que mejora la conectividad, salva vidas y potencia el
desarrollo regional. Para el gobierno provincial, con Martín Llaryora, la obra
pública es sinónimo de progreso. Para el Presidente, en cambio, ha sido
señalada reiteradamente como sinónimo de corrupción.
Sin embargo, la realidad vuelve a
imponerse sobre los dogmas. Así como se revisó la mirada sobre los festivales y
la cultura, tal vez también sea momento de revisar prejuicios sobre la obra
pública, entendiendo que no es un fin en sí mismo ni una herramienta de abuso,
sino un instrumento clave para igualar oportunidades y fortalecer a las
comunidades del interior.
Veo en estos procesos una enseñanza
clara: gobernar también es animarse a corregir miradas, reconocer lo que
funciona y aprender de las experiencias que dan resultados; y también es
posicionar las interpretaciones y confiar que otros la van a acompañar, como el
caso de Llaryora; en definitiva gana la economía social.
Los festivales populares y la obra
pública no son símbolos ideológicos. Son herramientas concretas de desarrollo.
Entenderlas así es comprender que el progreso no se declama: se construye, con
equilibrio, con responsabilidad y con una mirada federal que ponga al interior
en el centro de la escena.