El azar no avisa. Repentinamente puede aparecer en un
lugar y desatar, si la suerte te da la espalda, una tragedia. A Paola Pirra se le presentó hace siete
años atrás, en la siesta del 18 de noviembre de 2017. Si anunciarse, claro.
La escena pareció de ficción, pero no lo fue. A la joven de 26 años, mamá de dos pequeños hijos de 11 meses y 8 años por ese entonces, una extraña realidad se le coló por detrás con forma de bala y la mató. El trágico hecho ocurrió en el domicilio de Calle 102 al 700, en barrio San Luis de Frontera, en el límite con San Javier.
Era una “muy buena madre”, opinaban sus conocidos. Su vida, corta por cierto, estuvo dedicada al cuidado de sus hijos, con quienes vivía junto a su abuela Petrona, quien la tuvo con ella desde los 15 días de vida. En ese momento se encontraba en pareja.
También, aseguraron quienes la conocían, fue una buena alumna en la escuela, pero no pudo seguir estudiando porque fue madre de muy joven. Le gustaba leer y ver películas.
Una bala perdida
La crónica policial en ese momento indicaba dos situaciones en la que pudo haber muerto Paola.
La primera hablaba de un enfrentamiento ente dos bandas, una de ellas integrada por un familiar suyo. Se dice que durante una corrida, éste intentó resguardarse en la casa donde la mujer estaba con sus hijos. En las cercanías se desató una balacera y uno de los disparos impactó en su cuerpo, debido a que se encontraba en la vereda.
Otra versión que circuló por ese entonces es que este familiar, primo de Pirra, se encontraba manipulando un arma en el patio de la casa y el tiro se le escapó.
Este único detenido fue identificado con el apellido Pueyo y se lo imputó por supuesto "homicidio calificado por el uso de arma de fuego". Sin embargo, a los pocos días recuperó la libertad, debido a que tomó más fuerza la segunda hipótesis.
Hoy, para algunos familiares, el caso de Paola “quedó en la nada”.












