Guadalupe Garay (23) encontró
en el trabajo voluntario el ímpetu de salir adelante pese a la adversidad. La
experiencia durante seis años en el comedor
comunitario y asociación civil “La Virgencita” de barrio Parque, fue
también una especie de escuela para ella que le otorgó aprendizaje: “Ser
voluntario acá te amplía la mente, te dan ganas de seguir haciendo cosas por
los niños, las familias que asisten cada día. Yo también me siento contenida
por ellos”, recalca la psicopedagoga a Up.
A su lado, Antonella Ledesma
(28) coincide y amplía: “Se trata de dar tiempo de calidad a otro. Por ahí una
hora en la semana la usaste para ayudar a aprender a leer a un nene, escuchaste
a alguien, le serviste una taza de leche a un niño para que se vaya con la
panza llena; son cosas mínimas que para otras personas son muy importantes. Venir
me muestra que hay otras realidades diferentes y eso para mí es una motivación”,
señala la licenciada en Psicología, que lleva cuatro años trabajando en este
espacio.
Ambas hacen malabares cada día para estar en un lugar que eligen en
medio de su rutina laboral y familiar: “Te
modifica la realidad, te cambia la cabeza”, dicen al unísono sobre su
experiencia.
El comedor “La Virgencita”, nacido a inicios de la década del noventa,
sienta también sus bases en muchos voluntarios que a lo largo de todo este
tiempo aportaron algo tan valioso como su tiempo, con el objetivo de darle una
mano a familias, jóvenes y niños que viven en condiciones vulnerables. Guadalupe
y Antonella son parte de esta historia.
Los inicios
Guadalupe transita su sexto año ayudando en la asociación civil. Comenzó
como becada del Plan Emaús cuando era estudiante, pero tras recibirse eligió
quedarse: “Colaboro con lo que surge, pero sobre todo la tarea es acompañar,
ayudar a alfabetizar chicos porque algunos no van a la escuela por alguna
cuestión y los directivos del colegio envían los cuadernillos y lo acompañamos
desde acá para que cumplan con esa tarea”, explica sobre su rol.
Nació en la localidad de Tránsito y desembarcó en nuestra ciudad para
profesionalizarse y admite que quienes la conocen saben que desde chica tiene
esta vocación: “El que me conoce sabe que lo hago porque me gusta. Claro que uno
tiene sus días, pero vengo acá y me encuentro con cosas más graves. Y elijo dar
mi tiempo para ayudar y contener desde lo simple”, admite.
En el caso de Antonella lleva cuatro años como voluntaria. Llegó a La
Virgencita buscando una apertura al mundo profesional, pero, reconoce, se
enamoró del lugar: “Nuestro rol va cambiando de acuerdo a las problemáticas que
surjan, pero también de acuerdo a los momentos lindos que existen. Servir una
merienda, pintar con los chicos, charlar. Nos redescubrimos como profesionales
y personas, porque nosotros vivimos una realidad distinta. En mi caso me
desafía y presenta nuevos retos”, define.
- ¿Cómo conviven con
las realidades de las familias que asisten a La Virgencita que muchas veces
están marcadas por la pobreza, la marginalidad, la droga?
Guadalupe: Vienen
familias desde hace muchos años y existen otras de paso. El ejemplo de las
mamás que ayudan en el merendero, que trabajan en eso y se van armando
amistades. Este es un lugar de encuentro pero hay situaciones como las adicciones
donde seguimos el acompañamiento por fuera del espacio. Nuestro celular está
abierto y nosotras dispuestas a atenderlo.
Antonella: En un primer
momento resultó un desafío encontrarme con otra realidad, pero esa barrera que
me separaba se fue disminuyendo. Tratamos con personas y si podemos ayudar
estamos, nos acompañamos entre todos, se convierte en una gran familia.
- ¿Cuál es la
gratificación de hacer este voluntariado que es ad honorem?
Guadalupe: Uno se
siente bien, quizás no se dimensiona en el momento lo hecho, pero ellos te
hacen desde lo simple sentir que hacés algo bueno: darles un mensaje, un
abrazo… muchos eran chicos cuando llegué hace seis años y hoy más grandes para
ellos seguimos siendo la profe, la maestra y sigue el respeto de siempre.
Entonces sabés que tu trabajo lo estás haciendo bien.
- ¿Hubo algún hecho
que las haya marcado en todo este tiempo?
Antonella: El
fallecimiento del “Pato” (Diego Valenzuela, reciclador del lugar) fue muy
especial para el espacio. Él siempre tenía una sonrisa, una ocurrencia, fue un
momento de quiebre, pero también un clic para quienes estaban en su misma situación
(una vida marca por las drogas, supo contar el joven que falleció a los 35
años) de hacia dónde iban, lo mismo sus hijos que encontraron un empuje para
salir adelante. El espacio en ese momento de vulnerabilidad encontró fortalezas,
lo mismo en el barrio y se pudo dar una ceremonia digna para despedirlo. Fue un
momento triste pero algo se rescató de todo lo sucedido.
Guadalupe: A mí me
marcaron mis comienzos donde me iba siempre triste al sentir la necesidad de
buscar de dónde no tenía para solucionar cosas que no estaban a mi alcance. Una
vez, alguien me dijo: “Guada, vos con que vengas nos hacés bien”. Eso me empujó
a seguir de otra manera.
Cómo surgió La Virgencita en los ‘90
El comedor surgió por la visión de un grupo de amigos a comienzos de la
década de los 90. Apenas habían terminado un retiro espiritual del Movimiento
Círculos de Juventud conocido como "Eslabón", José ‘Urco’ Delgado le propuso a un grupo de amigos empezar a
brindar raciones de comida a chicos con carencias alimentarias.
A más de tres décadas de esa aventura, la asociación civil mantiene
múltiples proyectos que se encuadran dentro de un programa acciones como apoyo
escolar, acompañamiento en el tratamiento de adicciones, la cooperativa de
trabajo, apoyo de acciones de ciudadanía para acompañar las gestiones de acceso
a planes, así como también el acceso a la salud.