Hay inviernos fríos. Otros son lluviosos. Y también están
esos inviernos en los que parece que el sol directamente desapareció.
La sensación de muchas personas durante las últimas semanas
tiene ahora un respaldo en los datos. Un reciente posteo del Servicio
Meteorológico Nacional mostró la evolución de la cobertura nubosa sobre
Argentina durante los últimos meses, dejando en evidencia un aumento notorio de
los cielos cubiertos durante este invierno en amplias zonas del país.
No se trata simplemente de una impresión subjetiva. La
cantidad de horas con cielo cubierto puede modificar por completo la percepción
que tenemos de una estación que, por definición, ya cuenta con menos horas de
luz que el verano, señala el sitio Meteored.
Y detrás de este comportamiento aparece también un actor
climático de escala planetaria: El Niño.
El Niño cambió el escenario atmosférico
El fenómeno El Niño comenzó a consolidarse durante el otoño
y el inicio del invierno de 2026. En junio, el SMN estimaba alrededor de un 90
% de probabilidades de desarrollo de una fase cálida durante el trimestre
junio-julio-agosto, mientras que en julio las condiciones ya eran consistentes
con El Niño y la probabilidad de continuidad para el resto del año se acercaba
al 100 %.
El Niño no determina por sí solo el tiempo de un lugar, pero
modifica la circulación atmosférica a gran escala y puede favorecer
determinados patrones regionales.
En Argentina, uno de sus efectos más conocidos es la
tendencia hacia mayores precipitaciones en buena parte del centro y norte del
país, aunque la respuesta no es idéntica en todas las regiones ni durante todo
el evento. El propio SMN destaca que las condiciones asociadas al ENOS suelen
favorecer un aumento de las precipitaciones y temperaturas superiores a lo
normal en nuestra región.
En este contexto, una circulación más húmeda y determinados
períodos de estabilidad o persistencia de ingresos de sistemas de baja presión
pueden traducirse en algo que todos reconocemos rápidamente: jornadas enteras
de cielo gris, con escasos momentos de sol.
Y cuando eso se repite durante días, el impacto deja de ser
solamente meteorológico.
Cuando la falta de sol empieza a sentirse
“Estoy sin ganas de nada” es una frase que puede aparecer
con más frecuencia durante períodos prolongados de días grises. No significa
que cada persona que se siente cansada o desmotivada esté atravesando una
depresión, pero la relación entre luz, sueño y estado de ánimo está ampliamente
estudiada.
La exposición a la luz natural participa en la regulación de
nuestro reloj biológico, que organiza los ciclos de sueño y vigilia. También
interviene en mecanismos relacionados con la melatonina y la serotonina, sustancias
vinculadas con el sueño y la regulación del estado de ánimo.
Por eso, cuando el invierno combina días cortos con una
sucesión de jornadas particularmente nubladas, la cantidad de luz ambiental
disponible puede ser considerablemente menor.
Hay personas especialmente sensibles a estos cambios. En
ellas puede aparecer el denominado trastorno afectivo estacional, una forma de
depresión que sigue un patrón asociado a determinadas épocas del año y que
suele presentarse durante los meses de menor disponibilidad de luz.
La investigación científica relaciona este cuadro con
alteraciones de los ritmos circadianos y de los mecanismos neuroquímicos
regulados por la luz.
Eso no significa que un cielo nublado provoque depresión. La
salud mental es mucho más compleja que una variable meteorológica. Pero sí
ayuda a entender por qué un período prolongado sin luz solar puede contribuir
al cansancio, la somnolencia, los cambios en el sueño o una menor sensación de
bienestar en algunas personas.
El sol también es parte del clima que sentimos
Quizás por eso la aparición de un día soleado después de una
larga seguidilla de nubosidad produce una reacción casi inmediata. Cambia el
paisaje, cambia la temperatura percibida y, para muchos, cambia también el
ánimo.
Este invierno, con El Niño reorganizando parte de la
circulación atmosférica y favoreciendo condiciones que pueden sostener períodos
húmedos y nubosos, la Argentina está viviendo algo más que una sucesión de
jornadas grises.
Es un recordatorio de que el tiempo meteorológico no termina
en el termómetro ni en el pluviómetro. También condiciona nuestros ritmos
cotidianos, cuánto tiempo pasamos al aire libre y, de manera indirecta, cómo
experimentamos cada día.