En dialogo con Up, el letrado de Buenos Aires apuntó contra el sistema que no logró prevenir y detectar a tiempo el infierno que vivía la pequeña Aralí Vivas, la niña de 8 años oriunda de Brinkmann, quien era abusada, maltratada y terminó asesinada.
“Aralí no necesitaba una condena
perpetua. Necesitaba vivir”, enfatizó.
El análisis completo de Julio Santiago Alonso
Aralí Vivas tenía apenas 8 años.
El 8 de octubre de 2026, la
Justicia de Córdoba condenó a prisión perpetua a tres personas por su abuso
sexual y asesinato: su madre, Rocío Milagros Rauch, como partícipe necesaria, y
Ezequiel Matías Simeone y Cristian Hernán Varela como coautores.
La condena llegó. Pero Aralí está
muerta.
Antes del crimen existían
intervenciones estatales en su entorno familiar. Después conocimos testimonios
sobre miedo, maltratos y señales de sufrimiento.
Y la pregunta es inevitable:
¿Cómo puede una sociedad tener
escuelas, juzgados, organismos de protección y profesionales, pero no conseguir
proteger a una niña de ocho años?
Una escuela observa. Un familiar
advierte. Un organismo interviene. Un juzgado resuelve.
Todos ven una parte. Pero, cuando
esas miradas no se conectan, nadie termina viendo al niño entero.
Qué paradoja brutal: parece que
los niños recién se vuelven visibles cuando están muertos.
Entonces conocemos sus nombres,
compartimos sus fotografías y exigimos justicia.
Pero ¿quién los escucha mientras
todavía están vivos?
Necesitamos abandonar la mirada
fragmentada y construir una verdadera cultura de prevención, detección temprana
y protección integral.
Porque una sociedad no se mide
solamente por cómo castiga a quienes dañan a sus niños, sino por cómo los
protege mientras están vivos.
¿Cuántos cajoncitos más tendremos
que velar para comprenderlo?
Aralí no necesitaba una condena
perpetua.
Necesitaba vivir.
Mirá también Justicia por Aralí: prisión perpetua para su madre, la pareja y un amigo de ambos











