Nicolás Albera
Darío Ledesma (60)
es parte del equipo que trabaja en el Refugio
Nocturno que el municipio puso en funcionamiento hace dos años parapersonas en situación de calle. Su historia de vida, cuenta, se asemeja mucho a
lo que viven quienes llegan cada noche a la casa de Dante Alighieri y
Avellaneda.
Debió irse a Rosario en la década del setenta luego de
que su madre decidiera marcharse de San Francisco en la época de la dictadura
militar. En esa ciudad estuvo bajo el cuidado de una tía, pero poco tiempo, ya
que también la mujer se fue al exterior. Quedó así junto a un primo más chico
al que consideró y cuidó como un hermano. Ambos estuvieron mucho tiempo en
situación de calle.
De profesión gastronómico, asegura que años después pasó la
bandeja por Miami y Mar del Plata. Fue mozo particular en restoranes de figuras
políticas como los ex presidentes Carlos
Menem y Raúl Alfonsín, también del
ex gobernador de Córdoba, José Manuel de
la Sota. También cuenta en su curriculum con participaciones en dos las
galas del premio Martín Fierro.
Hoy, Ledesma entiende que se ve reflejado en muchas de
las historias que conoce a diario en su lugar de trabajo: "La iniciativa me
interesó desde el primer momento, un poco porque yo también estuve en situación
de calle mucho tiempo, y hoy soy padre de familia (tiene cuatro hijos). La
realidad es un aprendizaje día a día con los chicos porque me han enseñado
mucho. Hoy somos una gran familia, hemos logrado compartir momentos increíbles
y la verdad que éste es uno de los mejores trabajos que he tenido en mi vida",
remarcó en diálogo con Up.
Contó que el llamado del intendente Damián Bernarte para dar una mano en el refugio llegó en un momento
donde intentaba poner a funcionar un merendero, porque siempre le interesó el
trabajo social, por eso destaca la puesta en marcha de este espacio: "Visibilizar
lo que viven estas personas y actuar para darles una mano es de una
sensibilidad grande", afirmó.
- ¿Cómo empieza tu
historia en la calle?
- Mi mamá se fue en 1978 y me quedo solo, entonces decido
irme a Rosario. Siempre fui medio nómade y no tenía nada que perder. Tenía 16
años. Había hecho la primaria en la escuela Yrigoyen y en 1977 había empezado a
trabajar en la confitería del Jockey Club. Si bien tengo tres hermanos, ellos
se quedaron con los abuelos, con un padrastro.
- ¿Por qué se va
tu mamá?
- Era una época difícil. No supe a dónde iba ella, solo la
acompañé a una estación de trenes y no la vi más hasta que pudimos encontrarla 35
años después.
- ¿Y qué hiciste
en Rosario?
- Inicié una vida en principio con mi tía pero luego se
va Hamburgo. Entonces me quedo con su hijo y empezamos un camino increíble que
tiene mucho que ver con el trabajo que hago hoy. Yo supe dormir en la estación
Rosario Norte en la zona de Pichincha, tarjeteaba para los bares nocturnos. También
me hacían entrar a Prefectura, me subían a una barcaza y me subían a barcos en
rada o estacionados para descargar los productos en el muelle. Nos criamos a
los tumbos. Dormir en la calle, buscar lugares y empezamos a enderezar el barco
de a poco. A él lo mandaba a dormir en la terminal de colectivos, en una cabina
telefónica. Recuerdo que yo trabajaba de ayudante de cocina en el Club
Provincial y antes de irme a los trenes pasaba a dejarle un sándwich. No quería
llevarlo a la estación porque era muy peligroso.
- ¿Qué peligros se
afrontan y qué aprendizajes se pueden adquirir en una situación límite como la
de calle?
- Los riesgos eran a diario, vivir en Rosario solo es un
riesgo. En mi caso entraba a los trenes en contra de los barrancos del rio
Paraná que estaban en desuso para ir a dormir. Estaba todo oscuro y escuchabas
hablar a mucha gente. No sabías el lugar donde te acostabas, erra agarrar un
espacio vacío. En invierno, por ejemplo, el frío te comía los huesos. Había que
dormir mirando al pasillo del tren porque tenés que estar expectante a lo que
pueda pasar. Además era una época difícil por lo militares que gobernaban. Yo tenía
pelo largo y me agarraron varias veces por estar en la calle.

- ¿Qué buscaban?
- Me llevaban a la "redonda", una cárcel donde te tomaban
declaraciones y te pegaban durísimo. Te preguntaban para quién trabajabas, qué
intención política tenías. Me llevaban a un cuarto grande donde había una mesa
chica y poca luz. Un tipo de civil preguntaba cosas que yo no tenía nada que
ver, que no conocía y venía uno de atrás de improviso y te pegaba. Dos veces me
pasó de que me pongan un fierro (arma de fuego) arriba de la mesa y diciéndome bajo
amenazas que estaba vivo porque ellos querían. Por eso el que te dice que vivió
bien con los militares porque no lo molestaban, porque no hacía nada… bueno yo
tampoco estaba en nada raro, solo trabajaba en la calle. De todo eso aprendí
mucho, te hacés rápidamente un adulto. A los 16 años pasé a pelearla solo.
Vuelta a la
ciudad
- ¿Cuándo
decidiste volver a la ciudad?
- Regresé en 1989. Estaba pasando por una época negra en
Rosario y tenía dos alternativas: buscaba otra vida o caía al abismo. Soy muy
creyente en Dios y eso me dio posibilidades. Me instalé en Luxardo donde conocí
a un pastor, a un amigo. Me pasaron muchas cosas, pero he sido bendecido. Si te
aferrás se van acomodando las cosas.
- ¿Y cómo fue lo
de tu madre, el reencuentro luego de tres décadas de haberse marchado?
- Pensaba que estaba muerta y mi hermana seguía
buscándola. Un día me habla y me dice que la encontró y estaba en Panamá, que
vayamos a verla. Fue muy loco lo que pasó. Por intermedio de la Embajada
Argentina en ese país pudimos organizar un encuentro. Pero antes, una vez allá
recuerdo que iba a tomar café cerca del hotel y después me entero que en
diagonal frente al bar ella atendía un negocio. La debo haber visto pero nunca
supe que era ella. El día que fuimos a su casa cuando sale fue un flash. Nos
pedía perdón. De mi parte cero rencor, nunca le pregunté por qué se fue. Ella
formó familia, pero no tuvo hijos.
- Esa resiliencia
que tuviste seguramente es lo que intentás transmitirles a quienes vienen al
refugio cada noche.
- Eso hablamos con los chicos, las dificultades pasan por
algo, si las usamos para modificar nuestra vida podemos salir adelante. Claro que
es mucho más fácil que tu viejo te de la facilidad de estudiar, que te dejen una
casita. No les pasa a todos. Ellos pasan las mismas cosas que yo en mi momento,
pero les cuento mi final. Se puede. Me escuchan. Yo me quedo a dormir en la
cocina del refugio cada noche, pese a que tengo mi casa con mis comodidades.
- ¿Cómo definís al
Refugio?
Hoy Damián (por Bernarte) pone mucho énfasis en la
importancia de este lugar, lo gratificante que es que exista un espacio para la
gente de la calle. Es un lugar increíble, es una familia, hay discusiones como
en cada casa, pero ellos son muy agradecidos. De estar en la calle y saber que acá
tienen una cama, techo, elementos de higiene, comida. Yo cuando estaba en la
calle no tenía nada, no teníamos ayuda. Íbamos de los curas esa época y nos tiraban
un bollo de pan y listo. Por eso visibilizar esto es de una sensibilidad grande
porque ves el dolor de la gente y ayudás.