Por Matías Declemente, Lic. en comunicación social
Por estos días, el presidente
Javier Milei participó del cierre de un congreso evangélico en la provincia del
Chaco. Más allá del contenido ideológico de su intervención —que incluyó, una
vez más, la calificación de la justicia social como un pecado—, lo que merece
atención es la forma. El acto contó con una escenografía propia de los eventos
políticos tradicionales: escenario, despliegue de seguridad, coreografía
simbólica, discursos encendidos y una liturgia construida en torno al líder.
Una postal clásica de aquello que el propio oficialismo dice venir a erradicar.
El fenómeno libertario irrumpió
en la escena pública como una reacción radical contra la política tradicional.
Sus principales referentes construyeron identidad en oposición al denominado
“folclore militante”: los actos, las pecheras, los cánticos, la mística. Según
esa lógica, todos esos elementos representaban una política vacía de contenido,
sostenida en el espectáculo, el gasto y el clientelismo. Sin embargo, lo que
hoy se observa es la reproducción casi literal de esas mismas prácticas, pero
desplazadas hacia un nuevo relato de pureza política y moral.
La contradicción no es solo
estética: es profundamente política. Porque mientras se insiste en denunciar
los vicios de la “casta”, se consolidan formas de acumulación de poder que
remiten directamente a la vieja lógica del personalismo, el verticalismo y la
política como espectáculo. El problema no radica en que existan actos, símbolos
o movilización. El problema es que el espacio que hizo de la crítica a esas
formas su principal bandera, las adopta hoy como parte constitutiva de su
propio dispositivo de poder.
Lo que está en juego no es solo
una discusión moral sobre la coherencia, sino una cuestión estructural: el
discurso libertario carece de un proyecto transformador. Lo que presenta como
novedad es, en muchos casos, una versión invertida de lo que criticaba. Allí
donde antes se prometía ruptura, se consolida continuidad. Donde se denunciaba
adoctrinamiento, se instalan dogmas. Donde se exigía transparencia, se
despliega opacidad. La figura del líder carismático reemplaza cualquier
instancia de deliberación o planificación a largo plazo. La ideología se reduce
a consignas. La gestión, al relato.
La escena chaqueña no fue un
hecho aislado: forma parte de una estrategia política que pone el eje en la
construcción simbólica del poder antes que en su ejercicio. Se gobierna desde
las redes sociales, se interpelan enemigos genéricos, se elude el debate
institucional. Mientras tanto, las variables económicas se deterioran, los
indicadores sociales empeoran y el Estado se retira progresivamente de sus
funciones básicas.
Desde una perspectiva
comprometida con la política como herramienta de transformación, lo preocupante
no es solo la puesta en escena, sino su trasfondo. Porque el vaciamiento del
contenido político, disfrazado de novedad disruptiva, no abre un camino de
cambio sino de regresión. No hay construcción de ciudadanía sin política, ni
federalismo posible sin planificación. La democracia no puede reducirse al
marketing, ni la gestión a la provocación.
La verdadera superación de las
prácticas clientelares o espectaculares no se logra negándolas en el discurso
mientras se las replica en los hechos. Se logra diseñando políticas públicas
consistentes, con objetivos claros, participación, transparencia y una mirada
integral del desarrollo nacional.
Mientras el oficialismo continúa
montando escenografías para sostener un liderazgo apoyado más en la fe que en
los resultados, la pregunta que persiste es si habrá lugar —en medio del ruido—
para volver a discutir un proyecto de país que supere los eslóganes y se haga
cargo, de una vez, de la complejidad del presente.