Por Nicasio Guerra
Esta columna no busca desarrollar
el alarmismo apocalíptico de la primera sentencia, pero tampoco validar la
ingenuidad de la segunda. No seamos luditas, pero tampoco ingenuos. Nos
encontramos ante una problemática real y un inevitable cambio de modelo. La
cosa no está en que la gente no sepa usar IA, o la use solo para
entretenimiento y sin sentidos. El verdadero problema aparece al capacitar en
inteligencia artificial, en educar a las personas. La cuestión que emerge es:
¿Quién impone el canon de esa educación, quien dice cual es el correcto uso?
La academia y el sector privado
avanzan a pasos gigantes cada cual en sus intereses. Por un lado se buscan los
límites técnicos y mejorar el entendimiento de esta herramienta, por otro se
comercializa y se intenta insertar IA a todo lo que camina. Ambos intentos
parecen no dar frutos reales. Mientras, la clase política y los formadores de
moral, no encuentran un marco de pensamiento: una doctrina que sintetice y
ordene el panorama para posibilitar un desarrollo correcto y conveniente, no
solo para los usuarios, sino también para la comunidad.
Este punto es clave, estamos ante
un vacío doctrinal que de no ocuparse, o ocuparse demasiado tarde, se dará una
asimetría del poder por parte de quienes dominen la tecnología. Generalmente,
nunca se impone por la fuerza, ni prohíben el uso de la técnica a los demás,
sino que nos enseñan “cómo usarla” y es ahí donde quedamos afuera del negocio.
Después de toda gran innovación técnica, hay un periodo de indeterminación
-actualmente nos encontramos aquí- que ante la falta de una doctrina universal,
se instala un modelo que profundiza la asimetría. Todo sustentado por una
pedagogía conveniente que justifica roles de “proveedor” y “usuario”, donde por
regla general, se educa al usuario en que le es mejor mantenerse como tal.
Pensemos en la invención de la
imprenta, que fue una revolución extraordinaria en la democratización del
conocimiento y la alfabetización, pero también permitió archivar y organizar
conceptos como patria o nación. Definiendo en este proceso quienes pertenecen y
quienes no. En un primer momento no trajo liberación, sino que permitió a los
estados y al poder organizar que debía de ser leído y que no, así como unificar
el estándar de interpretación de los textos y sobre todo quienes podían
hacerlo.
Otro interesante ejemplo son las
revoluciones industriales, en particular hasta antes del avance
científico/industrial muchos imperios, como el britanico, eran proteccionistas
en sus economías y basaban sus comercios con sus colonias mediante la fuerza.
Luego, al crecer su industria, mediante la pedagogía de la división
internacional del trabajo y el surgimiento de teorías económicas liberales
dejaron de comerciar en relación de fuerzas. Ahora sus colonias, aunque
independientes en muchos casos, decidían no industrializarse y comprar toda la
manufactura a quienes antes eran sus opresores. No profundizaré en porque esto
nunca fue conveniente para la mayoría de pueblos del mundo. Pero no solamente
se dió una asimetría global, sino que el trabajo se precarizó como nunca, generando
explotación y exclusión.
Ejemplos sin dudas hay muchos,
pero estos procesos de sometimiento pudieron controlarse o en muchos casos,
permitir un desarrollo genuino con la aparición de una doctrina universal que
pone límites y ordena lo que debe ser, en favor de la comunidad. En el caso de
la imprenta, la tensión sigue hasta nuestros días, pues el lenguaje y la
literatura se combaten a sí mismos. El arte, la ciencia de la educación y la
comunicación juegan roles claves en la verdadera liberación. Por otro lado, el
ejemplo más claro fue la llegada de la famosa encíclica del papa Leon XIII
“Rerum novarum” que ordenó los alcances de la revolución industrial, no
negandola pero si poniendo el foco en el trabajo como dignidad y en el hombre
como el generador de riqueza, no como un eslabón más en la cadena de
producción.
Hoy, estamos ante un periodo de
desierto doctrinal y político universal ante los avances de la inteligencia
artificial. No se trata de cuantos trabajos se han de perder, se trata de que
si no sintetizamos una doctrina universal sobre esta tecnología, no ordenaremos
el panorama y permitiremos un nuevo modelo asimétrico del poder. La historia
nos muestra que la dominación más eficaz no es la censura, ni la prohibición
del recurso, sino la dominación que se enseña. Cuando la técnica avanza
demasiado y se vuelve cotidiana sin ser pensada, el control no necesita
imponerse: se aprende.
La clase política, los formadores
de moral, están ante una responsabilidad histórica. No es suficiente con que la
gente aprenda a usar la IA, es necesario discutir donde se encuentran los
límites. La gente aprende a escribir mejor con ella, a diseñar mejor con ella,
a decidir con ella y confiar en sus recomendaciones. Necesitamos llenar este
vacío doctrinal, antes de que nos sigan enseñando cómo pensar con ella. No
seamos alarmistas, pero tampoco ingenuos. Si no logramos una síntesis clara de
esta tecnología, nos enseñaran “cómo” y “para qué” usarla con criterios
funcionales a intereses de otros. Tal vez ya esté pasando.