Por Juan Ignacio Baima
En este cuarto de siglo, podemos
decir que muchas cosas han cambiado para aquellos que somos adultos. La
globalización, ese fenómeno que desde hace tanto tiempo existe, ha roto todas
las barreras en materia de economía, tecnología, cultura, entre otras cosas,
redefiniendo constantemente nuestras
vidas y formas de relacionarnos con los demás. Actualizandonos todo el tiempo,
lo que hoy era novedoso mañana ya es agua pasada. ¿Progreso o inconformidad
galopante?
El consumo, la necesidad imperiosa
de tener todo ya en la búsqueda del gozo, cada vez más efímero, es como ese
niño que tiene un montón de juguetes y siempre está aburrido. Y en esta nota
menciono al streaming por que tiene mucho que ver, es partícipe de nuestras
cotidianidades.
En este mundo capitalista, el
entretenimiento es un claro ejemplo del consumo y la inconformidad. La
televisión, la “caja boba” incorporada a nuestras vidas ´paso a un segundo
plano y los de la generación + 30 sabrán de lo que hablo: En una época, buscar
una película en la revista del cable, esperar a ver nuestro programa preferido
en un día y horario en específico (o esperar a que se repita) eran cosas
propias de los 90 y principios de los 2000. En fin, algo de nostalgia, pero se
veía algo y eso quedaba ahí.
Hoy con el servicio de streaming
todo ha cambiado. Los grandes monopolios multinacionales del entretenimiento
controlan aquello que miramos y establecen tus preferencias o te cansan con
publicidades de las series de moda que terminas viendo. ¿Comenzó la nueva
temporada de la serie que miras? Bueno, apurate porque ya tendrías que haberla
terminado, para mirarte después la precuela o la secuela, mientras esperas que
estrene la siguiente temporada de algo que viste en un solo fin de semana.
Disfrutamos eso de una manera tan rápida que ni lo procesamos. El streaming nos
demanda a nosotros y no al revés. En tiempos de pandemia, estas cuestiones que
detallo han sufrido un aceleramiento, y al salir del confinamiento la gente
celebraba el volver a encontrarse, pero algunas dependencias subsisten y es así
como continuamos siendo consumistas, individualistas e inconformistas.
Algo que se deriva de todo esto, y
de lo que sin tapujos soy bastante crítico, es de los canales de streaming de
nuestro país. Olga, Luzu, Vorterix, entre otros ofrecen un entretenimiento
diario, con una grilla que se renueva año a año. Nuevas generaciones, que se
enorgullecen de su manera de pensar, critican el tiempo pasado y en la cantidad
de vistas y reacciones miden su éxito. Esto llegó para quedarse y muchas empresas
invierten bastante dinero para dichas producciones. Pero desde mi humilde
opinión, hablan de todo y no dicen nada.
Estos programas diarios se plantean
desde el “hablemos sin saber” o de lo primero que se viene en mente. A menudo
tiene que ver con experiencias personales, su intimidad, lo que hicieron el fin
de semana y demás trivialidades de ellos mismos: El ego en su máxima expresión.
De tantas cosas que se dicen con el micrófono encendido y una cámara, pisan el
palito e ingresan en el mundo del chimento y la crítica destructiva,
convirtiéndose en aquello que desde un principio buscan desplazar.
Desde este espacio no busco
mostrarme odioso hacia el stream, pero en un mundo donde el consumo masivo, el
dinero, y mostrarse todo el tiempo puede más, lo diferente queda a un lado y se
reserva a quienes prefieren el anonimato y el goce de descubrirse.
Tomarnos un tiempo para lo que
realmente vale la pena ver o hablar, puede hacer que el goce no sea tan efímero
y perdure en el tiempo. A su vez el individualismo puede quebrarse si dejamos
de querer vivir la vida de otros y mirar al prójimo que está a nuestro
alrededor. El multiverso se lo dejamos a las series y las palabras vacías a los
falsos influencers. No pretendamos encontrar calidad en tanta abundancia y
frivolidad.