La ciudad de Córdoba atraviesa un momento de
turbulencia política cuando ni siquiera su intendente, Daniel Passerini, llegó a la mitad del mandato. El mandatario
capitalino decidió tirar del mantel y volver a servir la mesa al pedirle la
renuncia a todos los funcionarios del municipio para rearmar su gabinete.
Los motivos seguramente son varios. Finanzas
que no dan, servicios que no sirven, funcionarios que no funcionan, y hasta debe
haber encuestas que no agradan en absoluto. Ni al propio Passerini y mucho
menos al jefe político de Hacemos Unidos por Córdoba, el gobernador Martín Llaryora. La ciudad no es un
bastión que el cordobesismo puede darse el lujo de perder, todo lo contrario. Junto
con San Francisco, fue la clave del triunfo provincial en 2023.
Llamado de atención
Sin dudas lo que ocurre en Córdoba puede ser
tomado como un llamado de atención para muchos intendentes y jefes comunales que
actualmente atraviesan el enorme desafío de encarrilar las cuentas en épocas de
vacas flacas. Mejor dicho, de motosierra.
Hay una frase que el intendente de San
Francisco, Damián Bernarte, repite
todo el tiempo: los municipios dejaron de ser hace mucho tiempo ese organismo
que debía encargarse solamente del ABL (Alumbrado, Barrido y Limpieza),
tratando de hacer entender que sus funciones en la actualidad son más grandes
porque así lo exigen los vecinos.
Seguridad, salud en otros niveles de atención,
educación y hasta en algunos casos el acceso a la vivienda, empiezan a ocupar
la agenda de los nuevos gobernantes locales cuando hasta hace unos años eran
parte de la plataforma de las provincias y la Nación.
La exigencia del vecino no es descabellada.
Cada vez más le aprietan el bolsillo con las tasas municipales y demás
impuestos. Es justo que eso vuelva en forma de servicios de calidad, aunque no
siempre ocurra.
El efecto Milei, una piedra en el zapato
En este escenario existe otro punto que no se debe
pasar por alto. La motosierra del presidente Javier Milei impactó fuertemente en las arcas municipales y
provinciales, quedándose estos gobiernos sin fondos que antes eran un bálsamo
en contextos de crisis.
Milei fue claro desde el primer minuto cuando
vociferaba “no hay plata”, aunque terminó demostrando que solo era para ciertas
cosas.
Con esa premisa, guste o no, los intendentes
deberían entender que hay un cambio de época, y que, quizás, haya que volver a
las bases. Pero para ello hay que correr el riesgo porque la ventanilla más
cercana que terminará golpeando el vecino será la del municipio. No existe una
oficina a nombre del Presidente en la ciudad.
Algunos se preguntan de qué sirve tener enormes
obras vistosas que se lleven erogaciones de dinero cuasi imposibles de imaginar
por estos tiempos, si el vecino está pidiendo tener una calle en condiciones
para poder salir en los días de lluvia; de qué sirven si los docentes, los
metalúrgicos u otros trabajadores no pueden llegar a fin de mes con su sueldo.
La obra pública es clave, pero al momento de
decidir cuál llevar adelante hay que pensar en su importancia o en las
urgencias. Lo es, por ejemplo, terminar la autopista 19 en el trayecto San
Francisco-Córdoba. Lo sería repavimentar el trayecto de la 158, entre Colonia
Prosperidad y Las Varillas, el cual está detonado. Esto bajaría la posibilidad
de que ocurran siniestros viales fatales. A la par, quizá no sea el momento
para otras obras faraónicas ya anunciadas, las cuales podrían esperar.
En conclusión, el caso de Passerini es un
enorme llamado de atención para los intendentes de esta era. El mango no sobra
y es cierto que las demandas de los vecinos crecen. Ir hacia las prioridades
debería ser el objetivo. De lo contrario, no quedará otra que tirar del mantel.