Nicolás Albera
Elbio Antonio García (66) pudo terminar el secundario en la escuela nocturna. Lo hizo a los 23 años, en Ramona, una localidad santafesina ubicada a poco más de 50 kilómetros de San Francisco.
Pese a las adversidades porque ya trabajaba desde joven, decidió seguir una carrera universitaria en la Universidad del Litoral, en la ciudad de Santa Fe. Eligió estudiar de manera libre Derecho, aunque debía viajar los días lunes. Primero tenía que irse hasta Rafaela, para luego tomar un colectivo hacia la capital provincial.
Según cuenta, pudo mantener ese ritmo de vida unos nueve meses: “Me di cuenta que no podía seguir, estaba trabajando también en esa época, por lo que tuve que dejar los estudios”, explicó a Up.
García junto a su hijo Agustín, de 21 años, están parados frente al edificio del Centro Regional de Estudios Superiores (CRES) de San Francisco. El chico está por ingresar a clases y Elbio, como cada día desde hace cuatro años, lo espera para llevarlo de vuelta a casa. Es el desafío que tomó como papá -junto a la mamá del joven-, según sus palabras, la única “herencia” que podrá dejarle a su hijo: un estudio universitario, en su caso gracias a la educación pública y gratuita.
El trajín de ir y venir desde Ramona a San Francisco
Elbio está hoy jubilado y sobre sus espaldas carga con 43 años de empleado en una empresa láctea. Hace cuatro años atrás, decidió acompañar a Agustín cada día desde la casa hasta el CRES, donde cursa Ingeniería Industrial, recorriendo 56 kilómetros de ida y otros 56 de vuelta. No importa si hace mucho calor o frío, si hay tormenta o si surge un desperfecto mecánico en el auto. Todo se sobrelleva.
“Vinimos ese primer día cuando empezó el cursillo con la mamá. Y desde ahí siempre. No tenemos un micro directo entre Ramona y San Francisco, que venga cada día; además se nos complicaba alquilar un departamento y afrontar otros gastos como en comida, internet, entre otras cosas. Por eso tomamos esta decisión”, contó.
Elbio habla con satisfacción de su único hijo. Se emociona cuando lo mira y reconoce que el esfuerzo no es en vano: “Lleva la carrera al día, es responsable, consciente, sabe que su futuro es esto. El tren pasa una vez, si te subís, bien, sino te quedás. Lo charlamos varias veces, siempre digo que la única herencia que va a recibir es el estudio, otra no hay. A través de eso debo marcar el camino para que sea un profesional y acompañarlo es un orgullo pero sobre todo una gran satisfacción”, destacó.
El agradecimiento de Agustín
Agustín cursa actualmente el cuarto año de la carrera, que tiene cinco más la tesis. Reconoce el compromiso de sus padres: “Soy consciente que no solo es para mí sino para que ellos también se sientan orgullosos. La carrera la llevo bien, el primer año fue difícil, pasar del secundario a una ingeniería me resultó complicado. A veces veníamos a las 14 a la biblioteca de la UTN para hacer tareas con los compañeros y después iba a cursar. En el segundo año el camino de la ingeniería se me aclaró, me gustó mucho más la carrera y ahí le metí hacia adelante dando en cada examen lo mejor”, señaló.
Sobre Elbio puntualmente, quien lo lleva y trae cada día en su auto -su madre se queda en Ramona atendiendo un negocio familiar-, Agustín lo definió: “Siempre fue un padre presente, de chico jugaba al rugby y de Ramona iba a Rafaela, también me llevaba, me esperaba en el entrenamiento y volvíamos”.
El futuro ingeniero industrial quisiera quedarse en San Francisco cuando se reciba y proyecta insertarse en el mercado laboral este próximo verano para hacer sus primeras armas en el rubro. También sería una oportunidad para poder costear un alquiler y ayudar a sus padres.
Mientras tanto, Elbio prepara el mate. Sabe que le quedan algunas horas de espera en San Francisco donde escuchará la radio e intercambiará mensajes, entre otros, con un amigo de Córdoba. Luego, ambos subirán a la ruta para emprender la vuelta hacia Ramona, donde los esperan con la comida lista: “Es un trabajo en equipo y empujamos entre los tres”, afirma el hombre.











